¿Conoces la Diferencia entre el Erotismo Masculino y Femenino?


Extractos del libro de Francesco Alberoni “El Erotismo” En este tratado el autor presenta la formula de una relación amorosa mágica, que necesita de momentos de “suspenso” desde su principio, y clasifica las formas del erotismo masculino y femenino como una “zambullida” y “gradualidad” respectivamente, que se complementan mutuamente para lograr una expectativa de crecimiento en la relación – Comentario de SVETLANA PESKOVA, MSc. Volvamos sobre la afirmación de Freud de que el placer erótico es el mas fuerte de los placeres. Es verdad. Veamos ahora la segunda afirmación: la persona que descubre alguien que le da un gran placer erótico, tratara de encontrarlo de nuevo, una y otra vez. Toda experiencia positiva, todo éxtasis alcanzado fortalece la relación. Esto no es cierto. La persona se puede hastiar, cosa que ocurre a ambos sexos, pero en los hombres el fenómeno es muchísimo mas fuerte. La vida diaria, la erotización del tiempo, que tanto agrada a la mujer, produce a menudo en el hombre un efecto que desalienta el erotismo. Todos los encuentros eróticos fueron felices, pero en lugar de fortalecer la relación han creado un hábito. Un hombre puede tener un affaire plenamente satisfactorio desde el punto de vista erótico que termina luego, frente al primer obstáculo, casi por descuido. Cuando dos personas dicen que se encuentran únicamente en la cama, para hacer el amor, significa que tienen muy poco en común o que su relación esta por llegar a su fin. Desde este punto de vista es interesante observar la diferencia existente entre el erotismo (masculino) y la amistad. La amistad, al igual que el erotismo, se establece por medio de encuentros, tiene una estructura amalgamada. En la amistad, el encuentro siempre es una revelación, el descubrimiento de algo de nosotros mismos y del mundo gracias al otro. Cada encuentro deja una reserva de simpatía, de confianza, de afecto. La vez siguiente tenemos la sensación de haber dejado al amigo poco antes, de reanudar el dialogo interrumpido. Cada partícula de tiempo se agrega a las otras partículas de tiempo y cuantos más son los encuentros, mas se fortalece la amistad, el vínculo pasa a ser más sólido, la confianza más profunda. En el erotismo (masculino) no se produce este milagro. No se vive cada nuevo encuentro como la continuación del precedente, sino como algo totalmente nuevo, como una nueva experiencia, una nueva prueba. El encuentro erótico puede salir bien o puede salir mal y se lo juzga en cada ocasión. En la amistad no emitimos un juicio sobre el encuentro. Si algo se malogro, si hubo alguna incomprensión, no lo tomamos en cuenta, lo borramos de la lista. Habrá una próxima vez. La amistad no quiere juzgar, es paciente. La intensidad de la amistad no es el producto de la suma algebraica del juicio emitido en cada una de las ocasiones en que los amigos se encontraron. Es, si, la suma de los encuentros positivos. En el erotismo (masculino), por el contrario, cada encuentro se juzga de modo independiente, se valora olvidando el pasado. Si ya hay amor, ocurre como en la amistad: las desilusiones no cuentan. Pero si no hay amor, si el amor debe nacer precisamente de los encuentros eróticos, todo se cuestiona y siempre, porque algunas desilusiones bastan para causar irritación y disgusto en la misma medida en que interrumpe la relación. En la amistad, la felicidad del pasado cuenta de un modo más que proporcional; en el erotismo (masculino), menos que proporcional. ¿No hay, entonces, posibilidad alguna de que en el hombre, de una relación erótica feliz nazca una relación duradera, una unión sólida? La posibilidad existe, pero depende de que se realice un tipo especial de experiencia. El hombre solo se unirá a la mujer cuando en su relación tenga la experiencia de un erotismo creciente. El perro reacciona al mismo estimulo, reacciona a la misma carne. El hombre, no. El mismo estimulo, en un momento dado, produce acostumbramiento. En la especie humana, todos los estímulos funcionan como estímulos condicionados, necesitan un refuerzo. El placer no puede ser la repetición del placer pasado. La repetición del pasado no es sino tedio. La vida tiene horror de la repetición. No es posible la unión amorosa si no hay alguna forma de futuro. El futuro más simple, el que se puede experimentar directamente en el presente, es algo más. Más que ayer, más que lo que hubiésemos imaginado hace solo una hora. Algo más quiere decir mas allá, movimiento, crecimiento. En ese caso el encuentro pasa a ser la revelación de que ha ocurrido algo inesperado y mejor. La experiencia vital adquiere una dirección. Va de lo peor a lo mejor, crece, se enriquece y enriquece. También en el erotismo (masculino), cuando desaparece esta diferencia positiva, cuando desaparece la expectativa de lo mejor, cuando desaparece toda posibilidad de futuro, la unión erótica se interrumpe, incluso en el presente, cae en el “me gusto”, como una cosa terminada, muerta. Los hombres, pues, para mantener vivo el encuentro recurren a fantasías eróticas. Imaginan que hacen el amor con otra mujer, una mujer de su pasado, de quien recuerdan algún gesto, palabra o imagen. O bien, que es su mujer quien hace el amor con otro hombre de su pasado con el cual se identifican. La ultima etapa de esta prótesis erótica es la película pornográfica en la que el hombre busca la excitación en lo que hacen los demás, los que no son como el. Es difícil, al cambio, que la mujer que ha tenido muchos encuentros eróticos felices con un hombre, advierta de buenas a primeras que ya no le gusta. Para la mujer, cada encuentro esta ligado con el pasado. La mujer tiene en cuenta la experiencia anterior. Si la relación continua, es porque cada encuentro ha logrado insertarse en los encuentros pasados, porque ha representado su desarrollo armónico. El hombre concibe una experiencia sexual como una zambullida desde el trampolín de una piscina. Y si la mujer se le entrega sexualmente, tiene la impresión de que también ella se ha “zambullido”, se abandono a el por entero. Pero no es así. La mujer nunca se da eróticamente en un solo momento. Su entrega es siempre gradual. Examina al hombre a distancia. Desde la primera mirada tiene sensaciones favorables o negativas. Solo se deja abordar cuando el desconocido le causa buena impresión, cuando lo presiente y le interesa. Pero no es sino la primera etapa. Incluso en el encuentro sexual, la mujer solo da una pequeña parte de si, la más externa. El acceso a su parte mas intima, el alma, siempre es gradual. Si para el hombre utilizamos la alegoría de la zambullida, en el caso de la mujer debemos imaginar más bien una casa. La mujer esta dentro, el hombre fuera. El hombre se aproxima y su modo de acercarse, sus gestos, su manera de llamar a la puerta, provocan en la mujer impresiones, sensaciones, opiniones con respecto a el. Y sobre la base de aquellos gestos, de aquellas emociones, ella decidirá si le abre la puerta o no. pero aunque abra la puerta, lo obliga a hacer antesala. Observa entonces como deja el abrigo, sus cosas, mira sus manos, su peinado, siente su fragancia. Son emociones corpóreas, pero también evaluaciones, juicios. Solo si el hombre supera estas pruebas, la mujer le abrirá la puerta interior, lo admitirá en la parte más personal, mas intima de la casa. Pero en la nueva habitación continuará su minuciosa observación. La relación de la mujer con el hombre es una secuencia de impresiones, emociones, evaluaciones y sucesivas aperturas de su persona. Esta gradualidad existe hasta en la mujer enamorada. Se demostró ampliamente, por varios autores, que cuando la mujer no se siente estimada, apreciada, amada, se encierra, se vuelve frígida. Aquellos que para el hombre son encuentros eróticos discontinuos, juzgados independientemente uno del otro, en la mujer son, en cambio, etapas en cada una de las cuales ha exigido al hombre que supere una prueba, que trasponga el umbral. En el hombre, algo más es lo que se manifiesta en el encuentro erótico como estupor por haber encontrado aquello que no se esperaba. Pero para la mujer, ese algo más no es sino aquello que ella dio de mas de si misma. Es otra puerta abierta a su interioridad, a su intimidad. Lo que para el es sorprendente, para ella es opción, decisión. Ese algo más que el encuentra hoy, en este encuentro, es el resultado del juicio que la vez anterior la mujer emitió sobre el, el resultado del fragmento de amor que nació entonces y se transformo luego en deliciosa acogida. Cuando el hombre advierte que el encuentro erótico no fue logrado, es, en general, porque la mujer se encerró en si misma. La mujer tuvo una incertidumbre, una vacilación, tuvo la sensación – justa o equivocada, no importa – de que el hombre no era gentil, era grosero. Por eso se cerro, para reflexionar, para analizar, por miedo, por desinterés. El hombre difícilmente llega a comprender y reconstruir el proceso emotivo de la mujer. Pero capta, al instante, la caída del nivel erótico. A menudo, después de dos o tres de estas experiencias decepcionantes, abandona. Para el no se produjo algo más. Pero, si lo pensamos bien, lo mismo había ocurrido con la mujer. Anticipadamente. Es como si en lugar de hacerlo pasar lo hubiese dejado haciendo antesala una, dos, tres veces. Porque no se sentía preparada, porque no lo sentía a su altura, porque no lo creía digno. Es ella la que no admitió algo más y esta es la razón por la cual el no lo encontró. Mujer y hombre son, por lo tanto, sumamente diferentes, pero la estructura de su experiencia se complementa. Ese algo más que el hombre busca cada vez y sin lo cual no fortalece la relación no es, con frecuencia, sino una apertura ulterior de la mujer, una revelación ulterior de si, una etapa de su erotismo. Esta ley es valida incluso de improviso, del modo mas inesperado, dos personas advierten – y se asombran por ello – que se gustan, que se sienten atraídas recíprocamente y se quieren. Las manos se tocan, las piernas se rozan. A veces basta con una mirada, con una intensa mirada intercambiada, para comprender. Pero es importante que no se tenga la intención de seducir. Si esta de por medio esta intención, si se deja entrever el esfuerzo y la voluntad de seducir, aparece también la manipulación, la malignidad y todo es distinto. Pero no hablamos de este caso, sino del descubrimiento inesperado de que las defensas no son necesarias, de la aparición imprevista de un entendimiento, del nacimiento espontáneo, irrisorio, de una complicidad. Y se necesita también un obstáculo, algo que impida que esta atracción se convierta enseguida en un abrazo sexual febril. Hay que mantenerse en tensión para que el corazón y la mente se agranden, para estar dispuestos a lo sorprendente. El obstáculo puede ser interno o externo. Puede ser un momento de timidez, una vacilación, una demora en comprender que permite dejar todo en suspenso entre lo posible y lo existente, y esto produce una vibración, una agitación. La alquimia usaba esta expresión, agitación, para indicar la atracción entre los elementos, el estado de excitación de uno de ellos en presencia del otro, que daba origen a la reacción. Es el instante milagroso de la revelación del deseo reciproco, cuando no hay necesidad de ceremonias, rituales ni excusas (nadie debe pedir excusas por existir, ser, hablar, desear). Se deja sin efecto todo el andamiaje social que separa a ambos sexos y los deseos recíprocos se manifiestan uno a otro, fuera del mundo de las prohibiciones, fuera de lo existente y de su opacidad. Crean una zona franca que los separa de los demás, los hace cómplices, los pone del mismo lado. En ese momento la mujer comparte la inmortalidad del erotismo masculino porque el deseo se coloca más allá del tiempo, más allá de la continuidad. Desea ese hombre y no otro. No para el futuro, para el mañana, sino ahora, ya, en seguida, y lo demás no le importa. El tiempo del encuentro esta, pues, separado, desconectado de la trama de lo que ocurría ayer y ocurrirá mañana, es un instante, una burbuja de tiempo que después se desvanecerá pero no podrá ser destruida. Lo que esta experiencia tiene de específico es su elevadísima energía interna, que le permite perdurar en la memoria y poner en movimiento la acción. Pero por otra parte todo esto, aun siendo perfecto, es incompleto. Porque se trata siempre de algo que se vislumbra, nunca de algo que se logra. Aunque los dos tengan la posibilidad de apartarse, aunque tengan una relación sexual, ambos tienden de encontrarse de nuevo. Al encuentro puede, así, seguir otro encuentro y hasta es posible que nazca una relación erótica o, en algunos casos, el enamoramiento. Pero también podría suceder que no hubiese más encuentros, o que en la ocasión siguiente ya no se produjera la vibración. La compleja situación de deseo y obstáculo – con esas emociones: la expectativa, la revelación – no se produce en su totalidad. Basta la falta de un elemento para que todo el conjunto resulte diferente. La persona que nos parecía encantadora nos parece ahora torpe y trivial. Ya no es la de antes, no tiene la misma seguridad. Otros pensamientos pasan por su mente. Sabe demasiado o demasiado poco. Estructuro deseos o puso límites demasiado grandes. El algo más no se realizo. La unión amorosa, para cualquiera de los dos sexos, solo nace, por lo tanto, de un erotismo hecho de revelación, descubrimiento, manifestación, activación de potencialidades latentes, dormidas, no utilizadas. En el hombre, es asombroso. El erotismo masculino grita lo bello y lo extraordinario del encuentro, grita su placer. Alaba y exalta a su compañera y se exalta a si mismo. El erotismo femenino esta impregnado de evaluaciones, expectativas, preparativos y juicios, de acercamientos lentos, de conocimiento, de apertura y de descubrimiento. El algo mas es el conocimiento de aspectos y dimensiones de nosotros mismos que nos eran ignotos, es la gnosis. Cada encuentro sucesivo con la misma persona es, pues, un paso adelante en el camino del conocimiento, es una profundización. De nosotros, de nuestra naturaleza, de aquello que somos y podemos ser. No es una revelación que tenemos desde un principio, sino una trayectoria epifanía. El segundo encuentro produce una nueva emoción, un nuevo asombro. Y lo mismo ocurre con el tercero, el cuatro, el enésimo. Solo el conocimiento, el saber tiene esta posibilidad de crecer incesantemente, sin repetirse, sin agotarse.


One comment

  1. Anónimo dice:

    Es un articulo muy interesante, y me parece mas erotico cuando las cosas suceden no tan seguido sino q de parte y parte esperamos la oportunidad¡¡¡ y la aprovechamos en ese momento.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Powered by WordPress.
Theme: Tiles by Viva Themes.