El Placer Conseguido Mediante la Satisfacción de los Deseos es Pasajero

Extractos del libro “Breve historia del hinduismo” por Javier Ruiz Calderón.

Las Upanishad son la perla y el apéndice de los vedas, la corona del estudio antiguo acerca del misterio de la existencia. Nadie sabe con exactitud de donde y como provienen, ya que la historia espiritual de la Indiase data del 5000 (V-to milenio) a.C. En Rigveda se narra que entre los pueblos Arios que poblaban la Indiaen esas épocas, aparecían figuras de blanco, altas, con barbas blancas muy largas, que repartían ese conocimiento. Los textos escritos llegaron mucho mas tarde, entre los siglos VI y VI antes de Cristo, y estaban codificados con el idioma sofisticado, como para que no toda persona pueda entenderlos.
En el libro “Breve historia del hinduismo” Javier Ruiz Calderón nos relata el concepto filosófico de algunos de estos maravillosos textos en los cuales, según el autor, ya no se buscaba la eficacia de la acción ritual sino, por el contrario, el abandono del mundo de la acción y sus frutos – buenos y malos – por la contemplación mística de lo eterno – comentario de Svetlana Peskova.
Las Upanishad
El termino procede de los prefijos UPA (cerca) y NI (debajo) y SAD (sentarse), ya que los maestros espirituales instruían a sus discípulos que se sentaban a sus pies. Los participantes estaban en una búsqueda de la Verdad liberadora de la muerte y el sufrimiento.
Las mas importantes son las llamadas upanishad védicas y son aceptadas mayoritariamente como los escritos revelados (shruti), inclusive las primeras de estas refieren mucho a correspondencias cósmicas.
La Ley de Karma y Reencarnación
La doctrina de la reencarnación aparece en las upanishad por primera vez en la historia humana. La idea se basa en la fe en la justicia moral del universo.
En todos los tiempos es fácil observar, que con frecuencia los que cumplen obligaciones morales y rituales,  caen en desgracia al cambio los malvados se salen con la suya y disfrutan de placeres que aplicando justicia, no deberían corresponderlos. La respuesta de las upanishad es simple: la vida del individuo no termina con la muerte física.
Tras esta vida hay otra en la que los buenos gozaran y los malos serán castigados. La vida no es solo experiencia, placer y dolor, cosecha de frutos de acciones pasadas, sino también acción, una nueva siembra de semillas que tendrán que fructificar en otra vida posterior. Por lo tanto, las obras de la siguiente vida tendrán que producir efectos en una tercera vida. Y así sucesivamente, en una serie inacabable de experiencias.
Es evidente que las personas nacen y mueren en circunstancias distintas: favorables o desfavorables. Según la ley de Karma, estas acciones solo pueden deberse a acciones realizadas antes del nacimiento. Tenia que haber pues, una vida anterior a la actual. Y a su vez, las circunstancias de esa vida anterior tenían que haberse debido a acciones realizadas en otra vida anterior a esa, y así susecivamente, sin comienzo.
La fe en la justicia moral del cosmos y en la ley de la retribución de las acciones desemboco de este modo en la idea de la trasmigración del alma de un cuerpo a otro cuerpo. El alma puede reencarnarse en este mundo, en un cielo o en un infierno, como animal, ser humano, dios o demonio, según la calidad religiosa de las acciones realizadas anteriormente. El cuerpo es un vehiculo utilizado por el alma y después desechado y sustituido por otro nuevo. La existencia es un largo viaje de cuerpo en cuerpo actuando, gozando y sufriendo; un viaje sin comienzo y, en principio, sin fin.
La teoría no fomenta necesariamente el fatalismo, ya que el futuro depende de lo que se haga en el presente, y permite aceptar las circunstancias desfavorables con resignación.
La doctrina de la reencarnación resulta consoladora porque  asegura la supervivencia personal tras la muerte y un imperio universal de la justicia; pero, vista con mayor perspectiva, muestra un panorama poco alentador: el individuo se ve atrapado en el ciclo continuo y sin fin de nacimientos y muertes  (la rueda de SAMSARA).
Aquí llegamos a otro importante punto: la liberación (moksha) de la rueda de samsara. Desde las upanishad esa liberación constituye para el hinduismo el bien supremo y el fin ultimo del hombre.
La persona consciente de su individualidad y de la situación insatisfactoria en la que se encuentra se pregunta: ¿Cómo salir del círculo vicioso de las reencarnaciones? ¿Hay algún modo  de llegar a un estado de reposo y felicidad que no se acabe nunca? Y las upanishad responden: la causa de la esclavitud del alma es la ignorancia de su verdadera naturaleza: el ser humano cree que su verdadera realidad es el compuesto formado por el cuerpo y la mente, e ignora que en realidad es un alma (atman) perfecta y pura.
Al identificarse con el organismo psicofísico se cree imperfecto, siente que le falta algo y experimenta deseos, que le llevan a actuar, gozando cuando puede satisfacerlos y sufriendo cuando no puede conseguirlo. La naturaleza de los deseos es cíclica: cuando se satisface uno aparece otro, y después otro, en una sucesión sin fin, ya que el placer conseguido mediante la satisfacción de los deseos es pasajero. Por tanto, la ignorancia (avidya)  de nuestra verdadera naturaleza espiritual es la causa del deseo, la acción, el placer y el dolor. El deseo es la fuerza que hace encarnarse al alma una y otra vez buscando inútilmente, en el contacto con objetos limitados, la felicidad infinita que anhela y que solo podrá encontrar en si misma.
La única forma de abandonar el ciclo de las reencarnaciones es, pues, destruir la ignorancia, descubrir que no somos este cuerpo y esta mente sino un alma libre de todo lo mundano y, en último termino, idéntica a lo divino.
El conocimiento liberador debe recibirse de un maestro (gurú) que ya este instalado en la sabiduría y pueda transmitirla. La reflexión y la meditación convierten al discípulo en participante de la realidad espiritual. Pero esta fructificación del conocimiento solo puede producirse cuando el discípulo se ha purificado previamente mediante largos años de mortificación (tapas) y ascetismo.
Las personas que no sienten el anhelo de liberación necesario para renunciar a todo lo relativo y entregarse a la búsqueda de lo Absoluto pueden, sin embargo, adquirir meritos cumpliendo sus deberes sociales y rituales y llevando una vida virtuosa, lo que les permitirá reencarnarse en circunstancias más favorables y seguir avanzando hacia la liberación final. Incluso, en algunos casos excepcionales como el del legendario Rey Jánaka, el buscador espiritual pudo obtener el conocimiento liberador sin abandonar sus deberes sociales.
El Brahman y el Átman
En las upanishad el mundo se concibe como pasajero y contingente, incapaz de existir por si mismo y necesitado de fundamento. El brahman es ese fundamento del que todo procede, en el que todo existe y al que todo vuelve. Es la realidad de todas las cosas, que incluye el universo entero y lo trasciende infinitamente.
Esa es la naturaleza de brahman en relación con el mundo; pero al brahman en si se le describe como el ser (sat) único, infinito, indivisible e inmutable. Es lo más positivo, la plenitud máxima. Y como la mente es limitada y por eso no es capaz de captar la idea de brahman,  solo es posible referirse a el adecuadamente mediante negaciones: no es nada limitado, es incognoscible e inexpresable. Solo la negación de todo lo relativo puede abrir la mente a lo Absoluto.
Y el brahman es incognoscible porque no es objetivable, ya que es el único sujeto, la Consciencia (prajna) pura y perfecta en cuyo seno se manifiestan todos los mundos y cuyo símbolo es la silaba om, el sonido sagrado con que empiezan todas las oraciones y actos religiosos.
¿Que tiene que ver el brahman, la realidad verdadera, con el alma humana? Esta es otra gran pregunta de las upanishad, la pregunta por el átman, por el verdadero yo del ser humano. Las upanishadbuscan lo permanente, la “mismisidad” sustancial en el hombre. Se resume que el cuerpo,   la vitalidad y los procesos mentales son cambiantes y están ausentes en el sueño profundo, a consecuencia no pueden ser el yo esencial. Lo único que no cambia es el sujeto que conoce los fenómenos físicos y psíquicos, la consciencia que esta siempre presente como testigo pasivo de los tres estados de consciencia: la vigilia, el sueño y el sueño profundo. Y la consciencia pura es, como vimos, el brahman. A consecuencia este átman es el brahman. El alma del hombre es la realidad única, el alma de todas las cosas. “Yo soy el brahman”, no soy este individuo limitado: este es el conocimiento liberador. La comprensión de la identidad de uno mismo con lo Absoluto, el descubrimiento de que el alma nunca había estado realmente esclavizada sino que siempre había sido divina, es la gnosis que emancipa del deseo y, consiguientemente, del circulo vicioso de nacimientos y muertes.


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